¡La gallinita roja está en lo correcto!: una fábula sobre la desigualdad

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Jose Fernando Orellana Wer

Miembro de Estudiantes por la Libertad Guatemala y Estudiante del Colegio Montessori.

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Había una gallinita roja y otros animales en una granja que estaban cansados ya de los alimentos que consumían regularmente. Caminando por el campo, la gallinita encontró unos granos de trigo y tuvo la idea de decirles a los otros animales que trabajaran juntos recogiendo las semillas para hornear un magnífico pan para comer. Cuando preguntó a los animales, quién la deseaba ayudar, todos se negaron y ella dispuso hacerlo sola.

      Llegó la hora de cosechar el trigo y la gallinita volvió a preguntar si alguno deseaba ayudarla. “Yo no”, dijo el pato. “Mi oficio no es”, dijo el cerdo. “Perdería mi categoría”, dijo la vaca. Así que la gallina lo cosechó sola. Llegó la hora de hornear el pan: “Ayudar sería trabajar horas extras”, dijo la vaca. “Yo no tengo educación suficiente”, dijo el pato. “Perdería mi subsidio”, dijo el cerdo. “Si solo yo ayudo, sería discriminatorio”, dijo el ganso. “Entonces, yo lo haré”, dijo la gallinita roja y así­ lo hizo.

     Una vez horneados, mostró los cinco largos panes a sus compañeros animales. Todos querían comerlos, pero la gallinita roja dijo: “No, ahora descansaré un tiempo y me comeré los panes yo misma, a menos que alguien desee pagarme por ellos”.

     “Ganancias excesivas”, dijo la vaca. “Explotadora capitalista”, dijo el pato. “Para ti todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”, dijo el ganso. Rápidamente se organizaron, se solidarizaron, hicieron sus letreros y salieron a demostrar y protestar: “Venceremos”, decí­an, y vencieron.

     Pues cuando llegó el finquero, le dijo: “Gallinita roja, no debes ser egoí­sta. Fíjate en la oprimida vaca. Mira al pato en desventaja. Ve al desprivilegiado cerdo. Mira al ganso menos afortunado. Tú pecas al fomentar una diferencia de riqueza entre ellos y tú, y en fomentar la desigualdad”.

     “Pero… pero yo me gané mi pan”, dijo la desdichada gallinita.

     “Exactamente”, dijo el finquero. “Eso es lo maravilloso del sistema capitalista; cualquiera en esta hacienda puede ganarse todo lo que quiera y pueda. Debes estar muy dichosa de tener esa libertad. En otras haciendas tendrías que entregar los cinco panes al finquero. Aquí, tú, voluntariamente, repartes cuatro panes entre tus desdichados compañeros”.

     Y así, vivieron felices toda su vida, incluyendo la gallinita roja, quien sonriente repetía: “Estoy agradecida, soy dichosa, estoy agradecida”. Pero a los vecinos siempre les extrañó que la gallinita roja ya nunca hizo más pan


*La anterior es una de las mejores adaptaciones de la fabula de la gallinita roja*

Aunque podríamos traer a colación una diversidad de temas para debatir alrededor de esta narración, el más importante es el del perverso énfasis que se hace sobre la desigualdad económica.

      El finquero de la historia hace las del tó­pico polí­tico que recalca a diestra y siniestra que la desigualdad económica es un problema tremendo, y bajo un contradictorio ideal de justicia, expropia al creador para darle al que no produjo nada, convirtiendo el parasitismo en una conducta admisible.

      Se puede decir que los individuos somos únicos, tenemos atributos y virtudes diferentes, lo cual nos hace por principio, desiguales. Estos nos llevan a esforzarnos de diferentes formas y en distintos campos para poder producir y vivir lo mejor que podemos. El resultado de nuestro trabajo, si lo comparamos con el de otros, va a ser dispar, lo queramos o no. Así­, nuestras condiciones de vida van a ser aun más desiguales si, como sucede en la fábula, unos prefieren no esforzarse.

     Como es ejemplificado a cabalidad en la fábula, la insistencia sobre la desigualdad económica y la igualdad de oportunidades es meramente una cuestión de envidia pura que está basada simplemente en comparar personas. Dijo el sociólogo austriaco Helmut Schoeck, en su libro Envidia: Una teoría de comportamiento social, que “el envidioso cree que si el vecino se quiebra una pierna, él mismo va a poder caminar mejor”. Y es precisamente lo que el recalco en la desigualdad económica pretende hacer.

      Únicamente nos debería de importar si los individuos viven bajo un legí­timo Estado de derecho, con igualdad ante la ley y reglas claras que les impidan a terceros interferir con el esfuerzo individual por trabajar y vivir para que todos los que deseen luchar por mejorar su calidad de vida puedan hacerlo.

      En una sociedad libre, la calidad de vida de todos los que estén en la disposición para trabajar, será mejor. Los pobres, la clase media y los ricos estarán mejor. La única condición que no cambiará será la de los vagos, que de forma parasítica, prefieren no esforzarse y ver si logran exprimir algo de quien produjo, como los animales de la granja hicieron con la gallina, recurriendo al artificialmente todopoderoso finquero para que redistribuyera el pan que tanto habí­a costado a la gallinita producir.

      No debemos creer en la riqueza como algo estático cuyo intercambio suma cero. Los pobres no son pobres porque los ricos son ricos. Escribió Manuel Ayau, en su ensayo Un juego que no suma cero , que “para aumentar su fortuna, las personas tienen dos opciones: una consiste en ofrecer bienes y servicios a otros miembros de la sociedad, mediante intercambios voluntarios; la otra, en recurrir a la coerción, al fraude, o aprovechar el poder coercitivo del Estado para obtener algún privilegio”. Si la fortuna de un individuo se ha creado a partir de intercambios voluntarios, es ilegí­tima la premisa que establece que el productor se hizo rico a costa de alguien más. En un intercambio voluntario, todas las partes ganan, pues si no, simplemente no hubieran hecho el intercambio.

      Por otro lado, cito a Ayn Rand cuando establece que “centrarse en la desigualdad económica se fundamenta en la moralidad altruista, y hace que las personas piensen de esta manera: ‘Uy, estoy ganando mucho dinero. Me debo sentir culpable y debo dárselo a alguien más, porque mi responsabilidad moral no es conmigo mismo sino con los demás. Si otros no son tan ricos como yo, entonces se merecen lo que yo produzco”.

      Esto no quiere decir que me oponga a la benevolencia y el deseo de ayudar a otros. Sin embargo, al ayudar a otros, debemos limitarnos al singular de la primera persona y no al plural de la tercera para usar por la fuerza el producto del trabajo ajeno. La gallinita tení­a el legí­timo derecho de regalar su pan a quien ella quisiera, pero los otros animales que no trabajaron en la elaboración de ese pan, no tenían derecho a siquiera exigir una migaja de él.

      La gallinita tenía razón en dejar de producir. Su ingenio y productividad, actitudes que practicaba a diferencia de los demás, le permitieron acumular más riqueza que el pato, el ganso y la vaca. Si no iba a ser capaz de gozar del producto de su trabajo, debido a que este la poní­a en una posición económicamente superior a la de los demás animales y estos iban a usar la coerción para quitárselo, ¿para qué iba a seguir produciendo?… ¿para que los otros se victimizaran y fueran parásitos de ella?… ¡no!, ¡la gallinita no era ingenua!

*La fábula fue tomada de la recopilación de ensayos y textos liberales realizada por el Dr. Ángel Roncero titulada “Economí­a Polí­tica y Filosofía Social”.


Este artí­culo expresa únicamente la opinión del autor y no necesariamente la de la organización en su totalidad. Students For Liberty está comprometida con facilitar un diálogo amplio por la libertad, representando opiniones diversas. Si eres un estudiante interesado en presentar tu perspectiva en este blog, escríbele al Director del Blog de EsLibertad, Humberto Martí­nez, a [email protected]

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