El Lado B del Liberalismo

Europe: Liberalism Vs. Federalism Debate – Nov. 25th
November 9, 2017
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November 9, 2017
 Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, 1887-1888 por Antonio Gisbert Pérez 

Felipe Latorre Henríquez

Coordinador Local de Estudiantes por la Libertad Chile

Artículo publicado originalmente el 20 de enero del 2017
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La solidaridad es espontánea o no es solidaridad, decretarla es aniquilarla.
–Frédéric Bastiat

Los mercados permiten que la generación de riqueza pueda utilizarse para ayudar a los desafortunados y facilitan que los caritativos maximicen su capacidad de ayudar a otros[1].
–Tom G. Palmer

Introducción

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¿Es posible en una sociedad libre, donde cada individuo persigue sus fines, encontrar salud, educación y pensiones para todos sin la intromisión del Estado?

   Este ensayo pretende revelar un lado desconocido del liberalismo: el lado B. Entendiendo el liberalismo como un sistema en donde – bajo un marco institucional de derechos fundamentales – los individuos buscan sus fines a partir de motivaciones personales, coexisten visiones contrapuestas acerca de si efectivamente existe este otro lado o no. En último término, se darán a conocer algunos ejemplos que nos brinda la historia al respecto de este tema.

El nuevo auge del liberalismo A

A escasos años de cumplirse un siglo de la Revolución de Octubre, del advenimiento y fracaso de los llamados socialismos reales, hoy vivimos en un mundo mucho más globalizado que hace pocas décadas. Atrás quedó la guerra fría, el mundo bipolar liderado por la extinta Unión Soviética y los Estados Unidos. Un cuarto de siglo ha pasado desde la caída del muro de la vergüenza, la cárcel más grande que jamás se ha construido. Un cuarto de siglo de lo que Francis Fukuyama llamó el fin de la historia. La lucha entre ideologías: socialismo y liberalismo, había terminado. El vencedor fue este último.

   Atrás quedó el duopolio. Tras la apertura de la economía china, el surgimiento de los cuatro Tigres Asiáticos, India, Rusia, Brasil, Europa del Este y tantos otros países que hace pocas décadas estaban lejos de figurar entre potencias mundiales, el paradigma cambió. Hoy nos enfrentamos a un mundo multipolar, dinámico e hiperconectado.

   De forma genérica, existe el consenso de que la economía de mercado como creadora de riqueza, es la forma más efectiva para satisfacer las necesidades básicas del hombre. Sin embargo, por otra parte, se extiende el mito de que el liberalismo solo sirve para crear riqueza, superar el hambre, e integrar a las personas al consumo de bienes, servicios y entretención, pero no para suplir otras necesidades fundamentales o “derechos sociales”, como lo llaman algunos autores, como la educación, la salud, las pensiones, la asistencia social, etc.

La sociedad liberal y los derechos sociales

Como es sabido, el liberalismo es una corriente filosófica, económica y política, basada en el estado en virtud del cual el hombre no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros[2]. Todo ello familiarizado con lo que llamamos «occidente», que establece los siguientes valores: liberalismo y democracia, capitalismo e individualismo, librecambio y cualquier forma de internacionalismo o amor a la paz[3].

   La sociedad liberal requiere la defensa de derechos fundamentales, esto se refiere a la idea de que los ciudadanos deben manejarse por principios de ley, claros y generales, y no por el capricho arbitrario de los monarcas y políticos[4]. Estos derechos fundamentales pueden resumirse en el derecho a la vida y a la propiedad privada, también conocidos como «derechos negativos». Negativos por el hecho de que prohíben ciertas acciones. El derecho a la vida prohíbe que un individuo atente contra la vida de otro, o el derecho a la propiedad privada que prohíbe que un individuo A se apropie de la propiedad de un individuo B. La propiedad también incluye los derechos sobre nuestro cuerpo y nuestro derecho a disfrutar de los frutos de nuestro propio trabajo[5]. Una sociedad libre no opera basada en el poder y la autoridad, sino sobre la base de la confianza y la cooperación. La riqueza se produce mediante el intercambio voluntario, provecho de personas que fundan productos útiles y los intercambian con otros. No proviene del saqueo por parte de élites depredadoras, que usan su poder para esquilmar a la gente con impuestos o para otorgar monopolios o privilegios para sí mismas, para sus familias y para sus amigos[6].

   Sin embargo, Karl Marx en su obra Sobre la cuestión Judía, se refería a los derechos individuales o negativos, como «los derechos del hombre egoísta». Por otra parte, el filósofo, historiador, sociólogo y teólogo Otfried Höffe argumentaba que en una sociedad abierta y libre, en donde individuos deliberadamente buscan sus fines con el objetivo de satisfacer sus necesidades, a través de sus derechos individuales, «derechos negativos», estos son indiferentes a la cooperación, por lo que es necesario establecer derechos sociales, «derechos positivos», con el fin de que los individuos cooperen entre sí[7]. Por lo que es fundamental, según ellos, garantizar una serie de derechos que ayuden al bien común de una comunidad o nación.

   Se invoca a lo que se denomina justicia social para suplir lo que un sistema – libre – de cooperación social, como el mercado, no podría satisfacer. Bajo este paradigma, el mercado es «cruel» en el sentido de que cada uno obtiene en él, lo que su dinero puede comprar. Y el que no tiene dinero no consigue nada[8]. En otras palabras, establecida una sociedad liberal no habría cabida para satisfacer los derechos sociales descritos anteriormente. Cada persona busca sus fines y prevalece el sálvese quien pueda. De esta forma –se entra a lo que los contractualistas como Thomas Hobbes decían – el hombre se encuentra en un estado de guerra interminable, de guerra de todos contra todos.

La moralidad liberal

En sentido contrario de lo que asevera Höffe, una sociedad libre no es una masa de individuos aislados que buscan el interés personal; es una red de personas humanas y sociales íntegras, cuya capacidad de ayudar a toda la humanidad subraya la dimensión moral de una sociedad libre[9].

   Conocida es la frase de Adam Smith en donde relata que no es benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que la gente puede contar con su cena, no por su benevolencia, sino por su egoísmo. Por premisas como aquellas se tiende a tachar el liberalismo, como un sistema que alimenta la codicia y el egoísmo. Lo paradójico es que Adam Smith utiliza la palabra selflove (amor propio) y no selfishness (egoísmo) para describir la motivación por el cual las personas buscan sus fines. En este mismo sentido, en 1759 publicó el libro La teoría de los sentimientos morales, en donde menciona claramente que los fines del hombre van mucho más allá del mero egoísmo:

Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla. De esta naturaleza es la lástima o compasión, emoción que experimentamos ante la miseria ajena, ya sea cuando la vemos o cuando se nos obliga a imaginarla de modo particularmente vívido. El que con frecuencia el dolor ajeno nos haga padecer, es un hecho demasiado obvio que no requiere comprobación; porque este sentimiento, al igual que todas las demás pasiones de la naturaleza humana, en modo alguno se limita a los virtuosos y humanos, aunque posiblemente sean éstos los que lo experimenten con la más exquisita sensibilidad. El mayor malhechor, el más endurecido transgresor de las leyes de la sociedad, no carece del todo de ese sentimiento[10].

   Bajo el mismo contexto, Friedrich A. Hayek afirma que no es legítimo equiparar individualismo y egoísmo. Los individuos pueden ser generosos o egoístas. Lo que en el verdadero individualismo destaca es «la constitutiva limitación del conocimiento y de los intereses del hombre»[11]. Por otra parte, Karl Popper dice que un individualista puede ser, al mismo tiempo, altruista; puede hallarse pronto a hacer sacrificios si estos ayudan a otros individuos[12].

   Bajo estos aspectos se puede colegir que en un sistema en el cual los individuos buscan sus fines, estos no necesariamente son objetivos egoístas que aíslan al hombre despreciando a su prójimo. No se puede decir tampoco que todos los individuos son personas que buscan día y noche satisfacer necesidades ajenas. Sino más bien, se puede afirmar desde la concepción individualista metodológica[13] que existen individuos que dentro de sus fines buscan satisfacer necesidades del prójimo. Incluso el individuo que en una sociedad libre dice no importarle su prójimo, pero desea prosperar por amor propio, tendrá que servir al prójimo para suplir sus fines.

El lado B de los derechos sociales

Retomando la idea de derechos sociales, estos (en teoría) – vendrían a afirmar – en términos de justicia – la idea de realización recíproca, en contra de una teoría liberal que ve la realización humana como una cuestión fundamentalmente individual[14]. En este sentido, se requiere crear un régimen en el cual lo estatal toma un rol relevante en materias que el mercado, o los derechos individuales no pueden cumplir por ser indiferentes a la cooperación. Pese a que recientemente describimos que en una sociedad libre los individuos siempre se encuentran en interacción y cooperación, por lo que esta teoría comienza a presentar fallas.

   El hecho de que el Estado tome un rol relevante, y probablemente monopólico en derechos sociales como educación, salud, bienestar o seguridad social vuelve socialista al país en estos aspectos. Si bien se podría decir que dicho país es capitalista – de forma genérica – en áreas como la alimentación, entretención, vestimenta, mercado automotriz, etc., en el ámbito de derechos sociales, sería socialista, por el hecho de que el Estado pasaría a ser garante, propietario y administrador del sistema en cuestión. El socialismo es la abolición violenta del mercado, la monopolización compulsiva de la esfera productiva por parte del Estado[15], que en este caso abarcaría los derechos sociales recientemente descritos.

   Los derechos sociales al entrar dentro de la lógica socialista, al ser centralmente planificados por el estado, por ende, son centralmente prohibidos[16] de ser ejercidos de forma paralela por la sociedad civil, por lo que al establecerse un derecho social, los individuos no pueden colaborarse de forma directa, solo a través del Estado y a partir de criterios políticos. En este sentido, la libertad se ve completamente anulada. Los individuos, la sociedad civil, ya no deben preocuparse de su prójimo, es el Estado el responsable de suplir ese tipo de necesidades.

   Finalmente, llegando al aspecto más complejo de los derechos sociales, estos poseen la característica de ser universales y de libre acceso (supuestamente gratuitos). Sin embargo, en realidad poseen un costo, porque son financiados a partir de la riqueza generada por la sociedad civil. Aquella riqueza es extraída a individuos a través de impuestos u otras vías coactivas, lo cual pone en jaque derechos fundamentales como el derecho a la propiedad. El filósofo Hans-Hermann Hoppe afirmó que la característica esencial del socialismo es precisamente la de basarse en una agresión o interferencia institucionalizada contra el derecho de propiedad[17].

   Por más nobles que sean los sentimientos de aquellos impulsores de los derechos sociales, no los eximen de este lado b, el cual transforma al Estado en una maquinaria de expolio al ciudadano, al cual busca beneficiar, no de forma pacífica, si no coactiva. En palabras de Frédéric Bastiat, el Estado se transforma en la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás.

El lado B del liberalismo

Como se mencionó anteriormente, el liberalismo como sistema económico, filosófico y político, está basado en la no coacción arbitraria de individuos por parte de terceros. La cooperación libre y voluntaria entre individuos a través del mercado, genera riqueza que permite que individuos interesados en el bienestar de su prójimo, procuren ser intermediarios entre donantes de riqueza y necesitados. En contraste con el lado b de los derechos sociales, estos actos tienen el carácter de ser completamente voluntarios, y sin necesidad de coacción[18].

   Bajo este mismo aspecto, el lado b del liberalismo no es lo mismo que hablar del “capitalismo con rostro humano”; o lo que la doctrina social de la iglesia llamó Estado subsidiario. Ya que estos no son otra cosa que un socialismo atenuado, en donde se ejerce la coacción, pero en menos medida. La diferencia que se tiene con los llamados derechos sociales es que estos últimos son de carácter universal y los otros actúan bajo el principio de focalización de necesidades.

   Existen muchos ejemplos en la historia en donde en una sociedad libre, la sociedad civil se ha hecho cargo de los “derechos sociales” descritos anteriormente, sin la intromisión del Estado. Uno de ellos es lo que describe el francés Alexis de Tocqueville en su libro La Democracia en América, donde relata lo vivido en su viaje por la zona norte de los Estados Unidos. En aquellos años el gasto fiscal de esa nación no superaba el cinco por ciento del PIB. Describe que las asociaciones entre ciudadanos iban mucho más allá de lo comercial e industrial. Los norteamericanos se asociaban para dar fiestas, fundar seminarios, establecer albergues, levantar iglesias, distribuir libros, enviar misioneros a los antípodas y también creaban hospitales, prisiones y escuelas[19]. Otro aspecto similar son las sociedades de ayuda mutua, ONGs, o sociedades filantrópicas, las cuales funcionaban en base a acuerdo libres y prestaban ayuda gratuita a quienes la necesitaban. El historiador David Beitor[20] estima que a comienzos del siglo XX, uno de cada tres norteamericanos pertenecía a una sociedad de ayuda mutua.

   Por su parte, a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, en la Argentina existían organizaciones llamadas de “socorro mutuo”, en donde auxiliaban a personas de escasos recursos que tuviesen problemas de salud y previsión. Eran organizaciones formales “de entrada y salida libre, producto de una decisión de un grupo inicial de individuos de asociarse de manera duradera para compartir o hacer juntos determinadas actividades, de acuerdo a reglas que ellos mismos cedan o a las que adhieren expresamente”[21]. En Buenos Aires, por citar un ejemplo, existían entonces 214 sociedades de socorros mutuos con 255.534 socios. Los servicios que brindaban incluían: médico, remedios, abonos a hospitales, ortopedia, óptica, primeros auxilios, baños medicinales, asistencia en partos, dentistas (extracciones solamente), inspectores de enfermos, servicio fúnebre y, al margen de la protección de la salud, 57 de ellas sostenían escuelas[22]. Organizaciones mayormente sin fines de lucro.

   En Europa – también a finales de siglo XIX y a principios del XX – las sociedades de ayuda mutua establecieron redes de protección en salud, educación, previsión social, bienestar, etc. En cuanto a educación, no fue la educación pública y obligatoria la que sacó a Europa del analfabetismo sino, al contrario, la riqueza extraordinaria que generó la Revolución Industrial y que permitió, entre otras cosas, que las familias pudieran permitirse escolarizar a sus hijos y comprar libros (hasta entonces, bienes de lujo para las clases populares). El analfabetismo en Reino Unido y en Francia ya había caído desde el 50 por ciento a comienzos del siglo XIX a menos del 10 por ciento en 1870, fecha a partir de la cual William Forster en Reino Unido y Jules Ferry en Francia comenzaron a aprobar las leyes que decretaban la escolarización obligatoria para los niños mayores de seis años, así como la progresiva «gratuidad» de la educación. En cambio, Claudio Moyano instauró en España la educación pública y obligatoria a partir de 1857 y, sin embargo, el analfabetismo no descendió del 10 por ciento en España hasta 1970[23].

   Las sociedades de ayuda mutua comenzaron poco a poco a desaparecer tras la estatización de sus actividades. El primer país del mundo que inició esta tarea de absorción y monopolización estatal de las redes de asistencia voluntaria fue la Alemania de Otto von Bismarck, y el historiador William Harbutt Dawson, defensor del Estado de Bienestar y crítico de las sociedades de ayuda mutua, confesó en uno de sus libros (1912) la explicación que le había dado personalmente Bismarck para justificar su imposición del Estado sobre la asistencia social privada: «[Mi propósito] es engañar a las clases trabajadoras o, si lo prefieres, persuadirlas de que el Estado es una institución social que existe para preocuparse por sus intereses y por su bienestar[24]». De esta forma, los Estados en el mundo fueron adquiriendo más responsabilidades y creciendo hasta lo que se ve hoy en día. El liberalismo no es ni anti-solidario, ni mucho menos un sistema que aísla a los individuos para que no cooperen entre sí. El liberalismo es todo lo contrario: acerca a los individuos para que puedan perseguir sus fines de forma libre, voluntaria y en armonía.

Conclusión

Sin ánimo de despreciar los esfuerzos políticos que vemos día a día en nuestras naciones por ofrecernos bienestar a través de la salud, la educación y las pensiones, no se puede definir al hombre como una maquinaria ególatra que pretende conseguir placer a toda costa sin preocuparse de las necesidades propias y de los demás. Como hemos visto en el presente ensayo, muchos de aquellos problemas han sido resueltos por la sociedad civil mucho antes de que llegara el Estado a entrometerse.

   Por eso es importante diferenciar quien podría encargarse de esto mejor, o más bien quién se debería encargar: ¿nuestros políticos con nuestros impuestos o la sociedad civil de forma voluntaria?


[1] La moralidad del Capitalismo, Tom G. Palmer – Fundación Para el Progreso – Pág. 121. 2013

[2] Esta es una reflexión de Friedrich A. Heyek en Los fundamentos de la Libertad – Unión Editorial – Pag 32, cita 3. 2014.

[3] Camino de Servidumbre, Friedrich A. Hayek – Alianza Editorial – pág. 67. 2011

[4] Fundamentos de una sociedad Libre, Eamonn Bustler – Fundación para el progreso – Pág. 129. 2014

[5] Ibid Pág. 119

[6] Ibid Pág. 25

[7] Democracy in an Age of globalization, Otfried Höffe. Pág. 47.

[8] Derechos sociales y educación: un nuevo paradigma de lo público, Fernando Atria – Lom Ediciones – Pág. 82. 2014

[9] Ibid Cita 3. Pág. 24

[10] La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith – Fondo cultura económica – Pág. 29. 2004

[11] Individualismo verdadero y falso, Friedrich A. Hayek – Unión editorial – Pág. 56. 2009

[12] La sociedad abierta y sus enemigos, Karl R. Popper – Paidós Surcos 20 – Pág 116. 2006

[13] Friedrich A. Hayek, en su ensayo Individualismo: verdadero y falso, fundamenta que el individualismo metodológico cumple con el objetivo de dar sustancia a los conceptos colectivos. Convertirlos en cosas es un grave error, ya que solo existen individuos: solo los individuos piensan, razonan y actúan.

[14] Ibid Cita 7. Pág. 45.

[15] El hombre, la Economía y el Estado – volumen II, Murray N. Rothbard – Unión Editorial – Pág. 476. 2013.

[16] Ibíd. Pág. 479. La frase que ocupa Murray Rothbard para describir una economía socialista es la siguiente: Una economía centralmente «planificada» es una economía centralmente prohibida.

[17] Socialismo, Calculo Económico y Función Empresarial, Jesús Huerta de Soto – Unión Editorial – Pág 149. 2010. En donde también cita: A Theory of Socialism and Capitalism, Hans Herman Hoppe – The Ludwig von Mises Institute, Studies in Austrian Economics – Pág. 4. 1990.

[18] Se entiende coacción como amenaza de violencia o violencia ejercida de forma directa.

[19] La democracia en América, Tomo II, Alexis de Tocqueville – Alianza Editorial – Pág. 125. 2004.

[20] Vermasen: From Mutual Aid to the Welfare State: Fraternal Societies and Social Services, 1890-1967, David T. Baitor – University of N. Carolina Press. 2000.

[21] Di Stefano et al. Pág. 16. 2002.

[22] Libertad y Pobreza, Martin Krause – Caminos de la Libertad – Pág. 8. 2012.

[23] Una revolución Liberal Para España, Juan Ramón Rallo – Deusto – Pág. 175. 2014.

[24] Ibid. Pág. 250.  

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